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Historias de vida
viernes, 02 de octubre de 2015

Acerca de Salim Ibrahim

Por Hugo Said Alume

El Dr. Hugo Alume, escribió unas palabras en homenaje al "dignísimo inmigrante árabe", como el llama a Don Salim Ibrahim. Lineas que rememoran parte de su historia de vida. 

Removiendo el pasado, regresa a mí, la figura de Salim, posiblemente los memoriosos, recuerden a este hombre por su dignidad, por su pobreza  y despojamiento de todo interés material.

Por esa bondad inocultable que lo distinguía y el respeto y afecto que todos le prodigaban. Vivía en una modesta habitación que una anciana y venerable árabe le proveía.

Un día un proyecto de traza de una autopista central en Buenos Airess, lo despojaba de su vivienda. Creyó que había llegado el fin de su permanencia en Argentina, luego de muchos años.

Su retorno posiblemente estaba supeditado a su libre condición de pobreza material y cierta vergüenza interior de retornar con las manos vacías, pese a la insistencia de sus hermanos a regresar.

Sus amigos en Buenos Aires, le proveyeron del pasaje y los recursos para volver a su añorada Siria y nosotros una valija, donde posiblemente cabían sus pertenencias.

En las vísperas sus amigos, empresarios, industriales, profesionales, jóvenes que apreciaban al bondadoso tío Salim, múltiples miembros de la colectividad sirio libanesa, se reunieron en el auditorio del Club Sirio de la Av. Rivadavia, para rendirle homenaje, en un hecho inusual, a un hombre, que pese a su pobreza material, emergía con la grandeza de su honestidad.

Malatio Khouri, el poeta que tradujo al árabe, el Santo de La Espada de Ricardo Rojas, habló en nombre de la colectividad.

Quiero poder recordar las palabras justas con que lo definió: "Salim pertenece al privilegiado núcleo de inmigrantes, que detrás del escenario dignifican y enorgullecen a su raza".

Los aplausos, vítores, lágrimas y abrazos, coronaban esa noche especial, donde de forma inusitada se homenajeaba a un hombre pobre, en una sociedad influida por las apariencias y el poder económico.

En una charla ocasional, con Yaoudat Brahim, me instó a recordarlo. Lo conocí a comienzos de la década del sesenta, cuando los mellizos Jorge y Miguel Sar, estudiantes de medicina, vivían con su madre viuda, en Flores y me invitaron a ir a vivir con ellos.

Allí fui acogido con la bondad de la madre, viuda reciente, que acompañaba a sus hijos en el tramo final de la carrera.

Salim continúo la amistad con la familia, luego de la pérdida del padre. Ahí lo conocí y espontáneamente surgió un afecto recíproco y fue mi proveedor de medias y ropa interior y mi amigo incondicional. Además los exquisitos pistachos iraníes que nos traía.

Fue nuestro invitado especial en nuestra boda y Rosi, mi mujer, lo adoptó con cariño y preocupación. Viajó a mi pueblo, Quines, San Luis, donde lo acogieron en mi casa, para despedirse de mi padre.

Llegaron noticias de Siria, desde Homs; la tristeza y la nostalgia lo abatía, el  desarraigo le cobraba su precio, el dolor de los amigos distantes lo acuciaba, el "no soy de aquí ni soy de allá" de Facundo Cabral, lo laceraba.

Sus incondicionales amigos le pagaron el retorno. Y vino a despedirse definitivamente para regresar y morir en su tierra.

Esa tierra de hoy, herida por la guerra y el dolor de sus hijos, que reedita una migración distinta y vergonzante, para un pueblo pacífico y amistoso que albergó en su seno a desposeídos y nutrió a nuestro país con su gente.

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