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jueves, 13 de septiembre de 2018

Septiembre se llama Maalula

Por Pablo Sapag M.

Para la milenaria ciudad siria donde todavía hoy se habla el arameo, la lengua de Jesucristo, para bien y para mal septiembre siempre es especial.

El noveno mes del año no es uno cualquiera en Maalula. Para la ciudad siria, situada a 56 kilómetros al noreste de Damasco y donde todavía hoy se habla el arameo, la lengua de Jesucristo, para bien y para mal septiembre siempre es especial.

Para bien, porque alargando el mes hasta la primera semana de octubre, las grandes festividades de la localidad se celebran en ese breve periodo de tiempo. El 14 de septiembre es la Fiesta de la Santa Cruz.

Como en otros muchos lugares, se conmemora la recuperación, el año 326, de la cruz en la que Jesucristo fue crucificado en Jerusalén. Se trata de una fiesta llena de alegría, música y color que culmina con la exaltación de la cruz. Ya de noche, las hogueras y los fuegos artificiales iluminan a muchos kilómetros a la redonda las cruces de madera y otros materiales que en Maalula coronan las desnudas, pero siempre sobrecogedoras, montañas de Qalamoun. Imponente por su sencillez y su color ocre, la cadena separa a Siria del Líbano, casi siempre, aunque no siempre, protegiendo a Maalula y sus habitantes de los peligros exteriores.

Una semana y un día después, el 22 de septiembre, se celebra la fiesta de Mar Tecla, aquella discípula de San Pablo a la que precisamente la orografía de Maalula le permitió huir de los paganos que la buscaban para matarla.

La tradición dice que en esas estribaciones montañosas se abrió una grieta tan estrecha que apenas permitió pasar a Santa Tecla. Los carros de sus perseguidores romanos, sin embargo, quedaron irremediablemente atrapados en la entrada o abertura, que en arameo se dice justamente Maalula. Atravesar la grieta y la gruta próxima en la que la Santa se refugió hasta su muerte es una de las muchas cosas que los visitantes hacen en Maalula, situada a 1550 metros sobre el nivel del mar.

De la gruta mana un agua cristalina y refrescante que los peregrinos, cristianos y musulmanes por igual, consideran beneficiosa para curar muchas enfermedades y dolencias, sobre todo reumáticas. A Santa Tecla también se la venera por lo que se cree es su especial capacidad de interceder en casos de infertilidad. Por eso el monasterio, que lleva su nombre y donde viven religiosas cristianas ortodoxas de rito griego, es también lugar de incesante peregrinación.

En Maalula se visita con igual asiduidad el Monasterio de San Sergio y San Bacos, desde 1724 administrado por el Patriarcado Católico Ortodoxo o Melquita. Cada 7 de octubre, Maalula recuerda a ese soldado romano convertido al cristianismo y martirizado por ello, hecho del que da fe la antigua capilla en su memoria sobre la que más tarde se proyectó el monasterio.

A solo unos metros de San Sergio y San Bacos y en uno de los puntos más elevados de la ciudad, se levanta la actualmente desvencijada y agujereada estructura del Hotel Safir. Hoy es testimonio de otro septiembre en Maalula. Un septiembre negro.

Ocurrió en 2013, justo cuando Francia y Estados Unidos amenazaban con bombardear e incluso invadir Siria por un supuesto ataque con armas químicas, según París y Washington perpetrado por las fuerzas del Estado a mediados de agosto en el frente de Ghouta Oriental, cerca de Damasco. Envalentonados quizás por sus apoyos exteriores, los grupos armados enfrentados al Estado sirio, muchos de ellos claramente yihadistas, se lanzaron a la conquista de Maalula.  

El 4 de septiembre un camión bomba conducido por un suicida de nacionalidad jordana se lanzó a toda velocidad contra el check point del Ejército Árabe Sirio en la entrada oriental de Maalula, justo donde hay un arco de bienvenida de vagas reminiscencias babilónicas. Los daños en el pórtico hoy no dejan dudas de lo que entonces allí pasó.

Fue la señal para que otros yihadistas ya dentro de la ciudad o escondidos en las cuevas de las estribaciones montañosas que en el pasado protegieron a Maalula de todo mal, se lanzaran a convertir a la fuerza o directamente a ejecutar a vecinos cristianos, a saquear casas y comercios. También a profanar iglesias y monasterios y destruir alguna mezquita. Así lo recuerdan hoy algunos de los vecinos que lentamente han vuelto a una Maalula, que durante mucho tiempo se convirtió en una ciudad fantasma. Y así fue porque si bien para el 15 de septiembre de 2013 el Ejército Árabe Sirio y los milicianos de la Defensa Nacional consiguieron expulsar a los yihadistas de Maalula, lo cierto es que no se fueron muy lejos.

Las mismas montañas que salvaron al arameo de su extinción y a partir del siglo VII contribuyeron a que Siria fuese lo que es, una sociedad multiconfesional en la que cohabitan cristianos y musulmanes de muy distintas denominaciones, sirvieron en 2013 de escondrijo a unos yihadistas acechantes y que muy poco después volvieron a tomar la ciudad a sangre y fuego. Sucedió el 29 de noviembre.

Entonces una coalición de grupos armados liderada por la marca de la organización terrorista Al Qaeda en Siria, Jabhat al Nusra (Frente Al Nusra), retomó Maalula. En esa ocasión secuestraron a 12 religiosas del Monasterio de Santa Tecla. Solo fueron liberadas tras la mediación de la Seguridad General libanesa y de Qatar, uno de los estados que abiertamente apoyaron la desestabilización de Siria desde el día uno de la crisis en 2011.

En su segunda incursión, los yihadistas estuvieron en Maalula hasta el 14 de abril de 2014. Un tiempo más que suficiente para dejar su marca en la milenaria ciudad. Templos cristianos y musulmanes destrozados. Monasterios ocupados y profanados. Iconos igual de antiguos con los ojos arrancados. Iconoclastia ritual que hoy, cuando Maalula ya ha recobrado la vitalidad aún es posible apreciar aquí y allá en toda su bárbara extensión. Todavía hoy algunos iconos tan modestos como llenos de significado aparecen tirados en alguna de las muchas grietas de las estribaciones de Qalamoun.

Una de los portalones de casi 1700 años del Monasterio de Mar Sarquis y Mar Bacus (San Sergio y San Bacos) fue encontrada meses después del segundo asalto a la ciudad por una joven hija de Maalula entonces residiendo en Beirut.

La honestidad de un libanés conocedor del paradero de la puerta y otras reliquias, con las que los grupos armados traficaban para complementar con la venta de antigüedades el dinero que recibían de potencias occidentales y del Golfo, permitió que la puerta, 17 iconos y tres cruces de gran valor, volvieran en la Navidad de 2015 a Maalula de la mano de esa joven valiente y consciente de la historia de una localidad donde pasó tantos veranos, Fiestas de la Cruz, de Santa Tecla y de San Sergio. Una Maalula que significa todo para su gran familia y en definitiva, para una Siria milenaria estos años en peligro. Millones de gestos como el de esa joven siria comprometida con su historia son los que han permitido a Siria superar una crisis impuesta.

Hoy muchos templos, en su día asaltados, ya han sido rehabilitados y reabiertos. Algunas de las casas de Maalula también afectadas por los combates, vuelven a mostrar la cotidianidad de la ropa tendida conviviendo con los depósitos de agua de color rojo de los que estos años de crisis y restricciones se han abastecido los sirios.

Casas encumbradas de manera inverosímil una encima de la otra y hasta la cima de la montaña, cuyos contrafuertes en muchos casos sirven de pared a unas viviendas que abigarradas forman esos laberintos tan bien descritos en El lado oscuro del amor por Rafik Schami, escritor sirio con raíces familiares en Maalula.    

A esa ciudad de misticismo y de leyenda, de novela y de dura realidad, ya vuelven los turistas. Cada vez más. Sobre todo son sirios, aunque también hay de Rusia y de otros países europeos a los que desde Siria en los siglos IV y IX se extendió el cristianismo ortodoxo en sus distintas formas.

En la plaza principal ondea la bandera nacional roja, blanca y negra con las dos estrellas que en su día representaron a la República Árabe Unida y que, disuelta esta en 1961, cobraron otro sentido. Hoy las estrellas representan una al Cristianismo y la otra al Islam, religiones a las que en sus múltiples variantes protege por igual el Estado aconfesional sirio.

Por eso y aunque ya no hay grupos armados merodeando en el Qalamoun después de su derrota definitiva hace unos meses, en Maalula la presencia del Ejército Árabe Sirio, la Defensa Nacional y otras milicias de voluntarios locales insufla tranquilidad a los vecinos que ya han vuelto a su ciudad, de la que pese a todo lo que han padecido siguen siendo los mejores anfitriones, en septiembre y todo el resto del año. Así desde hace milenios.    

 

 

Nota: Pablo Sapag M. es profesor-investigador de la Universidad Complutense de Madrid y autor de “Siria en perspectiva” (Ediciones Complutense).

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