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domingo, 20 de julio de 2014

La batalla de Siffin

Por Nidal Khoury

La batalla de Siffin entre los partidarios del cuarto califa del Islam, el Imam Ali Bin Abi Taleb y los seguidores del gobernador de Damasco, Muawiya bin Abi Sufian, fue el inicio de la gran división política dentro del islam. Los actuales acontecimientos en Siria e Irak son manifestaciones contemporánes de aquella batalla que aconteció hace 1357 años y terminó en empate como están destinadas los actuales enfrentamientos.

La batalla de Siffin entre los partidarios del cuarto califa del Islam, el Imam Ali Bin Abi Taleb y los seguidores del gobernador de Damasco, Muawiya bin Abi Sufian, fue el inicio de la gran división política dentro del islam, devenida luego en divisiones de tipo dogmatico y en las interpretaciones del texto coránico.

Dichas divisiones permitieron más tarde el surgimiento de varias comunidades minoritarias islámicas, algunas de ellas desaparecieron con el tiempo por las presiones y las persecuciones y otras  mantuvieron su presencia muy activa en especial en la región que se extiende desde el mediterráneo hasta el golfo, región que abarca el Líbano, Irak, Siria, Palestina y Jordania, amén de alguna presencia de menor peso en otros países árabes.

Aquella batalla tuvo lugar a orillas del Éufrates dentro del territorio de la actual siria el 26 de julio del año 657 (hace 1357 años) y es conocida en árabe como Al-Fitna Al-Kubra o “la gran guerra civil” que causó la muerte de más de 45.000 integrantes del ejército de Muawiya y más de 25.000 integrantes del ejército del Imam Alí.

Pocos meses antes de esta gran batalla, tuvo lugar una Fitna menor, conocida con el nombre de la batalla del Al Yamal (Camello), un combate librado el 4 de diciembre del 656 (hace 1358 años) cerca de Basora en Irak entre el Califa Alí y dos de los compañeros del profeta (Talha y Zubair apoyados por Aisha, la viuda del profeta, en el cual murieron 17 mil combatientes de ambas partes y terminó dando la victoria al Imam ALí.

El profeta Muhammad falleció el 8 de junio de 632 a la edad de 62 años según el calendario solar y 63 años según el calendario lunar utilizado por los musulmanes. De ello surge que las batallas Al Yamal y AlFitna Alkubra sucedieron a 24 y 25 años respectivamente después del fallecimiento del Profeta y fueron conducidas por la primera generación de musulmanes muchos de ellos parientes y compañeros del mismo.

Los motivos de ambas batallas habría que buscarlos en las luchas por el poder entre las grandes tribus árabes de Quraish que terminaron por sellar el destino de los musulmanes a través de la historia.

La batalla de Al Yamal que terminó con la victoria del Imam Ali fue una guerra de características más tribales y por cuestiones de venganza, típicas entre las tribus de aquel momento. En cambio, la batalla de Siffin, que fue una guerra más política que tribal, terminó en una especie de empate a raíz de un arbitraje engañoso de parte de Muawiya y sus asesores, lo que se tradujo con el correr del tiempo en grandes divisiones religiosas y dogmáticas que continuaron después en las luchas por el poder y dieron lugar a grandes matanzas a través de los siglos.

Más allá del resultado militar, lo lo concreto es que a raíz de aquellas batallas surgieron en el Islam dos grandes y preponderantes ramas, el chiismo, que son los partidarios del Imam Ali, y el sunnismo que se aferró a las tradiciones. Esta última rama, mayoritaria, fue quién condujo el destino políticos de los musulmanes a través de los últimos 14 siglos, hasta la caída del califato en la primera guerra mundial.

Siffin es sin lugar a dudas el origen no resuelto de la guerra civil global entre los musulmanes que se manifiesta especialmente en el espacio geográfico donde, como señalamos, se concentra aquel mosaico comunitario y étnico, y en especial y en forma muy violenta hasta el momento en Siria, Irak y el Líbano.

Con el correr del tiempo la población iraní se convirtió al chiismo en el año 1501 por decisión de la dinastía Safawi y se convirtió de esta forma en el único estado islámico chiita en el mundo ya que los demás estados, tanto los independientes del imperio otomano como este mismo imperio eran sunnitas. A partir de este acontecimiento, Irán empezó a jugar un rol importante en las relaciones religiosas y políticas dentro del oriente árabe, rol este que ha tomado un vuelo altísimo después de la revolución de 1979 que condujo el Imam Jumaini.

 Durante los 14 siglos pasados, ambas ramas islámicas han tenido enfrentamientos, confrontaciones y persecuciones. Reconocerlo sería bueno para sanar los espíritus y buscar una solución a este prolongado y sangriento conflicto.

Por aquel empate primario en que terminó, Siffin, está condenado a permanecer en el tiempo si logran los grandes jerarcas religiosos apaciguar, dialogar, reconocerse mutuamente y dejar de utilizar la religión con fines políticosm además de convencerse una y otra de la imposibilidad de poder aniquilar totalmente o eliminar definitivamente a la otra.

Esto mimo ha sucedido en occidente entre las distintas manifestaciones del cristianismo. Largas guerras han demostrado que las peleas por el cielo dentro de la misma sociedad terminan siempre en pérdidas humanas y retrocesos inútiles en la convivencia y la pacificación interna. En una lucha entre distintas naciones y sociedades, el factor religioso tal vez pueda ser útil para aglutinar las filas propias en defensa del interés nacional, o sea cuando es puesto al servicio de las causas nacionales y sociales y no cuando estas causas nacionales y sociales sean puestas al servicio de los intereses confesionales que, tal como sucede actualmente en el conflicto en el Mashreq, siempre acaban socavando los cimientos del tejido social y causando vastas tragedias humanas.

El Estado Islámico surgido en algunas regiones que fueron conquistadas por la fuerza y el terror es una manifestación clara de la demolición de la sociedad con el fin de concretar un propósito confesional sectario. Más aún cuando se trata de un pueblo constituido por numerosas minorías religiosas y étnicas como es el caso de la región a la cual nos referimos.

Las aspiraciones de las minorías a gozar de sus libertades y sus derechos sin menoscabo son legítimas y deben ser respetadas. Las persecuciones del pasado han creado un ambiente de miedos mutuos y desconfianza generalizada que es no puede ser subsanado sino bajo el manto de la unidad nacional y el gobierno laico y secular que garantiza los derechos y la igualdad de todos en sus deberes y sus obligaciones.

A nivel internacional, los actores principales en este proceso de reconciliación histórica son los países más involucrados en las batallas religiosas de la actualidad a saber: Irán, Arabia Saudita, Egipto, Turquía y Pakistán.

En lo interno, en lo que se refiere a los países donde viven minorías de todas las ramas religiosas tanto del islam como del cristianismo, tales como el Líbano, Siria, Irak, Palestina y Jordania, no caben dudas que la única forma para lograr dicha reconciliación, preservar los derechos de todos, y permitir la estabilidad de estos países, es por medio del establecimiento de estados laicos, seculares, democráticos que establezcan los mecanismos necesarios para impedir toda actitud que pueda atentar contra el principio de igualdad ciudadana y repele todo intento de mezclar entre la política y las creencias religiosas.

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