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Editorial
lunes, 08 de septiembre de 2014

Líbano ante el mayor desafío

Por Yaoudat Brahim

Recientemente, fue presentado en la Argentina un proyecto de intelectuales y académicos libaneses tendiente a declarar al Líbano como tierra de diálogo entre culturas y religiones. El proyecto fue apoyado, como era de esperar por distintos componentes de la comunidad libanesa en la Argentina dado su propósito de elevar en medio de las tinieblas la voz de la mayoría silenciosa de los libaneses que quiere concretar su histórico anhelo de vivir en paz lejos de las actitudes extremistas que eliminan la idea del otro y anulan las razones mismas de la existencia del Líbano.

El proceso histórico que vivió la región a lo largo del último milenio, de persecuciones religiosas, e invasiones externas y en especial la larga duración del cruel imperio turco, ha convertido al Líbano en un refugio y lugar de encuentros de diferentes etnias y comunidades religiosas. Algo parecido ha sucedido en las montañas costeras sirias algunas regiones iraquíes de difícil acceso al invasor y al intolerante.

A pesar de los diferentes conflictos regionales, e incluso conflictos internos, el Líbano ha podido superar las adversidades y seguir cumpliendo su papel de ser uno de los pocos oasis de la convivencia pacífica, las libertades individuales, la libertad de expresión y de asociación lo cual transformó al Líbano durante largas décadas en el pulmón de los pueblos árabes que anhelaban estos aires frescos en medio de tantos regímenes de partidos únicos o monarquías absolutas.

Hoy el Líbano está frente a un poderoso desafío representado por las olas de fanatismo religioso y de extremismo sectario que amenazan su existencia. A la debilidad militar del Líbano que muchos consideraban años atrás como factor de fuerza, al monopolio que han ejercido ciertas familias del poder político y económico del país, a la crisis de la deuda externa contraída durante y después del conflicto interno en circunstancias oscuras o al menos turbias, a la dificultad vigente desde el pasado mes de mayo, asoma en las fronteras el ejército de las bárbaros del Estado islámico degollando soldados, incitando a encender la mecha de las rencillas confesionales intercomunitarias, llamando a eliminar a sus adversarios y enemigos que, en a simple vista y considerando la interpretación que hacen los extremistas de sus concepciones, deben ser casi todos los libaneses en sus diecisiete grupos confesionales y sus más de diez grupos étnicos.

Son horas muy difíciles para los libaneses como lo son desde hace tiempo para sirios e iraquíes. Y lo que esperamos de los libaneses, como lo seguimos esperando de sirios e iraquíes, es aprovechar esta gran oportunidad para reafirmar su definitivo rechazo al fanatismo religioso y sectario y aferrarse a su condición de ciudadanos y no meros seguidores de religiones, creencias y confesiones.

El Líbano no puede sobrevivir con la hegemonía de un grupo sobre el otro. El Líbano no puede sobrevivir con el odio entre sus componentes. Y mucho menos el Líbano puede sobrevivir si la barbarie del Estado islámico tuviera albergue entre las filas de sus habitantes.

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