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viernes, 15 de noviembre de 2019

La enseñanza de Víctor Massuh y “El Diálogo de las Culturas”

Por J. Eduardo Scarso Japaze

Ante el onceavo aniversario de la partida de Víctor Massuh, Scarso Japaze comparte un interesante trabajo que invita a zambullirse en el gran legado cultural del intelectual tucumano-árabe.

El 18 de noviembre de 2008 murió Víctor Massuh, un argentino de tierra adentro que no le costó demasiado asumir la condición americana y que también pensó desde su herencia cultural, padre y madre inmigrantes árabes.

Víctor era un tucumano-árabe, un argentino-árabe, un americano-árabe, un ejemplo de la condición superior a la que puede llegar quien es capaz de integrar patrimonios humanos distintos, una forma privilegiada de acceder a la universalidad del ser.

Su primer escrito conocido, de 1943 –no había cumplido los veinte años- fue la modesta edición tucumana de En torno a Rafael Barrett, un personaje fugaz, de aquellos a los que la tisis se llevaba pronto; un señorito español que se larga a América a comienzos del siglo pasado, y se encuentra en la Argentina, en la pujante Buenos Aires que rumbeaba al Centenario, con el prójimo menos afortunado y la brutal dimensión de su drama social. Al joven Massuh lo fascina la lucha de ese otro joven que, perseguido por exponer ideas que ni él sabía que anidaban en su pecho, huye del puerto maloliente y se va en busca de la vida hacia la selva, sube América por sus ríos portentosos y se hace apóstol de los yerbateros y de cuanto explotado se cruza en su camino.

Massuh encuentra en Barrett la realidad de la metáfora del encuentro americano, cuando éste tiene lugar bajo el auspicio de un sentimiento de identidad superior, de aquella forma de reconocerse en el Otro. Y ya entonces comienza a entender a América como una voluntad adornada de mil posibilidades, propensa a frustrarse por obra de los cultores de la imposición.

Para doctorarse en filosofía, Massuh desarrolla una tesis sobre Nietzsche y el problema religioso, tema que retomaría décadas después, en 1969, con su conocido Nietzsche y el fin de la religión. A un alto nivel de elaboración, lo que hace es combatir las tendencias a la irracionalidad que contagiaron a gran parte de la juventud pensante americana. Las comprende: son la reacción a un positivismo chato, que se arropa de científico para sostener los dislates del darwinismo social, de las supuestas superioridades innatas de unos hombres sobre otros, de una cultura o civilización que se reclama única y menosprecia las tantas alternativas que otros seres humanos, igualmente valiosos, han decantado en sus latitudes y en sus tiempos.

Comprendiéndolas, Massuh no se deja tentar por quienes rechazan a la razón identificándola con esas lacras: hay otra razón superior, que integra al sentimiento y deja espacio a la espiritualidad natural del hombre, y que por ser razón, razona, tomando lo que es válido de cada tradición cultural.

Esta perspectiva es la que desarrolla en su ya madura exposición de 1955, América como inteligencia y pasión, con alto impacto en los círculos de pensadores que andaban buscando respuesta para el eterno problema del saber quién soy, individual y colectivamente. América, para el joven Massuh, es el escenario donde pueden ponerse las pruebas al canto: la síntesis es posible, el sincretismo expresado en la constitución de nuestras sociedades.

Su reacción es anticipatoria: cuatro décadas después, los amos del mundo proclamarán que la historia ha terminado con la imposición de su sistema, sistema de ideas que es muchas veces compendio de disvalores elevados prepotentemente a la condición de verdades axiológicas.

Un años después, en 1956, Massuh emprende una crítica demoledora contra esos espejismos, y proclama desde el título de su nuevo libro –El diálogo de las culturas- que no hay más camino que el del encuentro respetuoso y el de la restauración de la verdad histórica sobre los procesos sociales vividos a escala mundial.

En El diálogo de las culturas, –de asombrosa actualidad-, Massuh vuelve a apuntar a la cuestión identitaria americana, pero donde ya apela a su propia condición de heredo-árabe para apoyar esa reflexión y contextualizarla en el marco de las relaciones entre Oriente y Occidente.

Nos advierte que el marco es amplio: “toda filosofía de la historia está ligada a una aclaración del presente cultural”. Contra el buen sentido de la superficie de las cosas, atribuye entonces la vitalidad de ideas al Oriente, mientras que destaca la crisis que se desenvuelve a ese nivel en Occidente.

Considerando pioneramente a nuestro tiempo como una “edad técnica”, Massuh, sostiene que carece de conciencia de sí mismo en la medida en que no reconoce arraigo en la larga tradición humana, o la distorsiona al punto de hacerla unilateral, proyectando los males de la humanidad a factores abstractos, ideológicos. La comunicación consiste en botellas al mar que nadie recoge, y esto nos sucede porque no van dirigidas al hombre, a la esencia de su ser.

Este vacío en el que se debatía y debate Occidente puede recobrar sentido sólo en la medida en que se reconcilie con su pasado y reconozca toda su deuda con Oriente. Con la Modernidad, en Occidente comienza a concebirse la quimera de sentirse a sí mismo como alma o centro de la Civilización.

En vez de imaginar el encuentro, en lugar de pensar en compartir, se busca la supremacía que suprima, una tendencia entonces potencial que ha sido llevada a efecto con violencia en esta era que algunos dan en calificar de pos-moderna.

Massuh apunta lo contradictorio que resulta que, sin poner en duda esos presupuestos, no comprenden que en vez de ser los Ciudadanos del Mundo, en verdad son provincianos que no piensan más allá de su región, que es tanto como decir que no ven más allá de sus narices.

Nunca se vuelven hacia el pasado que les viene de Asia ni al futuro donde los aguarda América, ya con su manifiesta voluntad de ser. A lo sumo, los abordan con vocación turística, y los más audaces hacen sus peregrinajes a lo Distinto para volver en estado de mayor o menor confusión, silentes si son honrados, jactándose de su constatada superioridad si son almas de superficie.

Aun esos vuelos de pájaro sirvieron para sembrar la duda, semilla prolífica si las hay en materia de pensamiento. Y lo que inevitablemente sobreviene es el proceso –largo, como que aún está en marcha- del reconocimiento, que primero asombra y después angustia en la medida en que se constata que no hay un mejor –ni un peor- en la diversidad de los cursos culturales seguidos por los pueblos, fundamentalmente los de Oriente y Occidente.

Ante el inevitable encuentro o reencuentro, Massuh se formulaba tres preguntas fundamentales que vale la pena repetir: “1) La diferencia de concepciones del mundo oriental y occidental, ¿lleva necesariamente a una situación de hostilidad cultural?; 2) ¿Es ineludible resolver esta diferencia mediante la absorción de una cultura por otra? y 3) ¿Es posible una armonía de culturas orientadas en el sentido de lograr una cultura verdaderamente mundial?”.

Erudito, Massuh apunta que ya en 1924 Guillermo Haas había hablado del inevitable choque de continentes (Europa y Asia), con lo que las recientes profecías de Samuel Huntington acerca del inexorable “choque de civilizaciones” no tienen siquiera el valor de la originalidad. Y sigue siendo cierto que en Occidente se concibe el encuentro de culturas como una absorción: sin sonrojo.

De allí que Massuh advirtiera que el único camino posible hacia el ideal de una cultura o civilización común es el de la complementación, una tarea que Massuh, como árabe, sabía que era perfectamente posible, pues en las bases del saber occidental están antiguos conocimientos orientales que fueron intermediados, precisamente, por los árabes.

Lo primero es aceptar que las grandes culturas no mueren, que contienen una universalidad que se distingue por su poder de vencer a la muerte. Así como no caduca Europa, tampoco caduca India, el Islam o China (este último caso es de por sí elocuente, cincuenta años después de que lo propusiera Massuh).

Europa, Occidente, siguen nutriéndose de los vilipendiados valores de la Ilustración; nada sería sin ese proceso (que, por cierto, fue de fusión). De allí que con autores famosos en su tiempo –pero también ellos vigentes, como Toynbee-, Massuh postule “la radical importancia de estos ‘encuentros’ de culturas en un mismo pie de pujanza vital”. La diversidad, si es reconocida, no tiene porqué desenvolverse como hostilidad sino en movimientos de mutua comprensión. Claro que esto implica –y Massuh lo veía claro- no afirmarse en el tramposo exacerbamiento de los particularismos: la total ceguera ante los valores extraños evidencia un oculto y vergonzante descreimiento en los propios.

“Si nuestra generación pudiera responder eficazmente al desafío del ‘encuentro’ de las culturas, si fuera posible establecer una comunicación entre todas estas voces, sin duda que ello nos llevaría a un ensanchamiento ecuménico del horizonte espiritual, a una concepción más fraternal de lo humano, a la íntima intuición de que el mundo todo es morada del hombre”, sostiene Massuh, para quien una gran cultura es una cultura abierta, y hacerlo a propósito de que a veces surgen voluntarios que, ante los contrastes y la agresión, no encuentran mejor medida que pagar con la misma moneda.

La península ibérica, durante la larga presencia árabe, fue un verdadero centro cultural, suprema experiencia de integración cultural, la de al-Andalus, el primero en importancia de Occidente. Participaron de la convivencia no sólo musulmanes y cristianos sino también judíos. Intercambiaron sangre, ideas, hábitos, comidas y bebidas, como que la cocina del sur de España es árabe, y no faltaba el vino en la mesa de los visitantes.

Pues bien: si estos hechos son considerados como vergonzosos y se procura ocultarlos o tergiversarlos, por mal camino vamos en términos de integración cultural. Y si al- Andalus es reivindicado sólo como parte de un califato que tendría que ser restaurado en pleno siglo XXI, vamos todavía peor.

Aquello de “la paja en el ojo ajeno” puede transformarse en una cruel verdad. Massuh nos enseñó que de la tolerancia surge la posibilidad, y esa tolerancia no es índice de debilidad; por el contrario, evidencia cuánto se cree en la fortaleza de la propia cultura, de las propias ideas, del propio modo de vivir.    

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