La doma del potro
La voz se corrió por toda la Aguada con la rapidez de un refusilo y, en menos que canta un gallo, la concurrencia se amontonó, enfervorizada, junto a las vallas del corral. Todos apretujados como piojos de gallina, sólo para ver a Gringo Tadge jugarse el pellejo. La doma iba a comenzar. Azabache, el pingo endemoniado, ya tenía historia. Una historia difícil de revertir; estaba manchada de sangre. Los criollos de la zona decían que el animal guardaba al diablo en las tripas. Le temían sin tapujos. Azabache llevaba tiempo rezongando en la cuadra, sin hallar un paisano corajudo que se atreviera a desafiar su terquedad, desde que cobrara dos víctimas fatales y otros tantos averiados.
