Crónica de un diagnóstico
Miguel Ángel Santos salió del laboratorio de análisis clínicos taladrado por una aguda intriga. Obviamente, hasta no saber a ciencia cierta qué decía el veredicto dentro del sobre, era inútil exteriorizar cualquier clase de sentimientos. El disimulo. Eso era, había que disimular las mil conjeturas que se entretejían en su cerebro; aunque la razón titubeara entre el bien y el mal con imperceptibles posibilidades de éxito. Era el segundo intento. Pero valía la pena. Siempre hay lugar para el error y Miguel Ángel suplicó por uno para él.
