Desde la creación de Naciones Unidas, el famoso “derecho a veto” de Estados Unidos terminó funcionando como un blindaje permanente al régimen de ocupación israelí. Lo que se presentó al mundo como un mecanismo excepcional para garantizar el equilibrio de las grandes potencias se convirtió, en la práctica, en un instrumento de impunidad. El Consejo de Seguridad, que debería ser garante de la paz y la seguridad internacionales, quedó condicionado a los intereses de Washington, que nunca dudó en torcer la legalidad cuando se trató de proteger a Tel Aviv.