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viernes, 16 de octubre de 2026

Sykes y Picot también hacen de las suyas en el fin del mundo

Por Pablo Sapag M.

En el año del 110 aniversario del infame acuerdo Sykes-Picot, en tiempos en que sobre el terreno el sueño franco-británico supera por lejos lo pactado a espaldas de los shami, conviene a los integrantes del mahjar latinoamericano y sus instituciones no olvidar ni el origen de tanta fragmentación, ni menos todavía lo que nos une.

La proximidad del final del año del 110 aniversario del infame acuerdo Sykes-Picot permite evaluar su vigencia, consecuencias y proyección. Firmado en secreto en 1916 por los agentes imperialistas británico Mark Sykes y francés Francois Georges-Picot, el pacto troceaba y repartía, entre Francia y el Reino Unido, la Siria Natural. Un Bilad al-Sham entonces todavía ocupado por unos turco-otomanos cada vez más decadentes.

El objetivo del arreglín no solo era apoderarse de las riquezas de esa tierra que, además, es estratégico corredor comercial. Se trataba, sobre todo, de evitar que lograda su independencia Siria fuera una potencia demográfica exportadora de su milenaria civilización. Un modelo social inclusivo, multiconfesional y multiétnico. Nada que ver con el europeo-occidental, con estados de religión, etnia y raza única.

Derrotados los turcos por los sirios, que se resistieron heroicamente a cumplir sus órdenes, en el caso de los correligionarios del sultán, o en el de los desarmados cristianos sirios a servir como carne de cañón en los “batallones de trabajo”, Francia y el Reino Unido se apuraron en imponer la repartija.

No les resultó fácil. Desde Alexandretta en el norte, a Beersheva o Gaza en el sur y desde Jordania al este y Latakia o Beirut al oeste, los sirios acordaron un Programa Nacional presentado a la Sociedad de Naciones y a su creador, el presidente estadounidense Wilson.

Esa hoja de ruta decía que los sirios querían vivir juntos y entre esas mismas coordenadas geográficas. Exigían hacerlo en un estado independiente y unitario que no discriminara a su gente ni por religión ni por etnia. Los sirios también dijeron que no querían estar bajo la tutela de franceses ni británicos. Para rematar, dejaron por escrito su rechazo frontal a la creación de cualquier tipo de entidad sionista en la Siria del sur.

El Programa se aprobó en el Congreso Nacional del que nació el Reino Árabe de Siria, constituido en los territorios de la Siria Natural y con el rey Faisal como máximo representante. Cuatro meses después, el 24 de julio de 1920, fue sofocado a sangre y fuego por franceses y británicos.

Ello fue el resultado de la batalla de Maysaloun, que les abría a los colonialistas el camino de Damasco y de ahí a Al-Quds (Jerusalén), que no por nada tiene en la Puerta de Damasco su entrada principal. Por lo mismo y durante milenios, ese centro religioso siempre se gobernó desde Damasco. Así hasta 1872, cuando como aperitivo del chanchullo Sykes-Picot los europeos forzaron a los turcos a crear un distrito alrededor de la ciudad. Esa partición no gustó a todos los afectados. De ahí la rebelión de los notables de Nablus, en la hoy mancomunidad de municipalidades de Cisjordania. Los nablusi –de ahí viene el apellido shami en sus distintas formas- tenían súper claro que su historia, relaciones sociales y negocios estaban donde siempre, o sea, en Damasco y el resto de Siria.

Con la entrada definitiva de los británicos en lo que desde entonces empezó a conocerse cada vez más como Palestina y Jordania, y de los franceses en el resto de Siria, se impuso la fragmentación. Además del Gran Líbano, se creó la República Árabe Siria y otros mini estados y cantones. El descuartizamiento se hizo por criterios religiosos, étnicos o económicos. Entidades de papel desconectadas entre sí y gobernadas a la pinta y manera de París y Londres, que desde 1916 ya venían imponiendo banderas y otros símbolos coincidentes con su visión sectaria y cantonal de Siria. Muchas de esas enseñas o variaciones de las mismas siguen flameando acá y allá, sin que la inmensa mayoría de los que las ondean tengan mucha idea de dónde salieron. 

Aunque los sirios con más amplitud de miras se resistieron, la política de hechos consumados impuesta por los europeos y su habilidad para explotar las mezquinas ambiciones de algunos caciques, punteros y operadores políticos locales fueron consolidando las fronteras físicas y psicológicas dibujadas por Sykes y Picot.

800 SP y la Siria Natural (Bilad al-Sham)

Más o menos libres de esa mentalidad de chacra quedaron los sirios de América, donde habían llegado a partir de 1860. Sobre todo, huían de las masacres y persecuciones religiosas instigadas o permitidas por los turcos en Alepo, Damasco, Monte Líbano, Homs y el resto de Siria. Desde Alaska a Tierra del Fuego crearon organizaciones sociales, deportivas, culturales, religiosas y hasta políticas que llevaban el nombre de la patria grande –Siria/Sham- o el del pueblo, ciudad o región siria de la que habían salido.

En algunos casos, esas instituciones combinaban los dos: Homsiense-Siria, Sirio-Libanesa o Sirio-Palestina. Según la mayor o menor aceptación de esa inmigración y los prejuicios y estratificación racial y social en los países de llegada, esos nombres mixtos han permanecido, mutado o se han ido alternando con otros no demasiado precisos.

De “turcos” a “árabes”

Para escapar como fuera del gentilicio de “turcos” impuesto a los nuestros en la mayoría de los puertos americanos por la sencilla razón de que llegaban con pasaportes del imperio turco, se adoptó de urgencia el de “árabe”. La razón es que desde hacía ya siglos el idioma árabe había sustituido al arameo como lengua franca de los sirios.

Pero como es bien sabido en la América que habla castellano, portugués, inglés o francés, lengua no significa lo mismo que nación, pueblo o estado. Poco tiene que ver un sirio/shami con un saudita, un marroquí, un mauritano o un sudanés. Ni comen ni toman lo mismo. Tampoco comparten la misma historia ni los mismos usos y costumbres sociales y religiosos. Ni siquiera hablan el mismo árabe que los sirios, desde Antioquia a Gaza y desde Jordania a Trípoli.

Por algo los lingüistas llaman oficialmente shami a esa forma particular y distintiva de hablar árabe, por supuesto, con sus pequeñas variaciones regionales de acento y vocabularios específicos. Hay quien traduce automáticamente shami como “levantino”, término puramente geográfico y desde una visión eurocéntrica que nada tiene que ver con el origen de un nombre propio que se deriva de la riqueza religiosa, lingüística y social de un Bilad al-Sham que para los árabes del Golfo es, y como su nombre también indica, el norte y no el oriente.

Con el café pasa lo mismo. Basta con pedir uno en cualquier lugar de Siria. Desde Amman a Junieh, pasando por Alepo o Rafah. La diferencia estará en si lleva o no azúcar y si está muy o poco especiado con cardamomo. Nada que ver con el que toman en el Golfo, por ejemplo.

Los shami no solo comparten café, también la kufiyehh o tocado de los campesinos, el dabke, el tarab, la artesanía en madera con incrustaciones de nácar, los damasquinados o el bordado tatreez de nuestras abuelas de Homs, Beit Jala o Saida, cada uno con sus materiales y formas vegetales y geométricas locales.

Por no hablar de la comida shami, que se parece poco a la de Egipto y menos todavía a la de Argelia o Marruecos, esta última más similar a la española que a la griega, con la que está emparentada la de los sirios. La base culinaria es exactamente la misma. Todos comemos hojas de parra, maklube, kubbe o hummus. Allá y acá. No porque en la Argentina, Brasil o Chile el relleno de los zapallitos, las papas o las berenjenas lleve más carne y esta sea casi siempre de vaca, deja de ser gastronomía shami. Lo mismo con el relleno de los baqláwa y otros tantos dulces. Allá con pistacho, acá con nueces. Unos y otros, puro shami nomás.

Conciencia histórica del mahjar latinoamericano

En tiempos en que sobre el terreno el sueño franco-británico supera por lejos lo pactado a espaldas de los shami por Sykes y Picot, conviene a los integrantes del mahjar (*) latinoamericano y sus instituciones no olvidar ni el origen de tanta fragmentación, ni menos todavía lo que nos une.

Antes de seguir cambiándole el nombre a instituciones centenarias y a confundir interesadamente la parte por el todo, conviene recordar un famoso dicho en sus variantes argentina y chilena; popular o neutra y peyorativa o afectuosa: “En cada pueblo hay una plaza, una iglesia y un turco/paisano”, o “En cada pueblo hay un carabinero/paco/, una plaza y un turco/árabe/paisano”. En ningún caso el dicho ha terminado jamás con alepino, homsiense, damasceno, beirutí o palestino. Todos ellos paisanos. Para quienes tratan con ellos sin serlo y para quienes siéndolo no están dispuestos a enfrentar, en una absurda y harto ignorante guerra de nombres, a quienes esencialmente y por origen son sus iguales. Sus paisanos, nomás.

De ninguna manera se les puede avivar la cueca o dar manija a Sykes y Picot, esos Don Otto y Don Federico o Manolo y Venancio del imperialismo franco-británico. Por el contrario, hay que hacerle más caso a Edward Said, nacido en Jerusalén y de familia emigrante a Egipto y a los Estados Unidos. Por algo en sus memorias tituladas Fuera de lugar el intelectual define a su familia como shami.

Lo demás es confundir fronteras impuestas y pasaportes circunstanciales con algo mucho más profundo y duradero. Creaciones que, como hace el sionismo, necesitan zamparse el patrimonio común para justificar una de esas identidades exclusivistas que, el también gran pensador shami-beirutí, Amin Malouf define como “asesinas”… de personas, culturas y colectividades.

 

 

 

(*) Mahjar: la transliteración corresponde al vocablo árabe مهجر que se traduce como “emigración”, “diáspora”, conjunto de “expatriados”.

► Pablo Sapag M. es investigador y Profesor Titular de la Universidad Complutense de Madrid y colaborador del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile y de otras universidades de América Latina, Europa y Oriente Medio. Es autor de “Siria en perspectiva” (Ediciones Complutense), cuya nueva edición puede encontrarse en formato e-book (aquí ) o formato físico (aquí ).

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